jueves, 2 de octubre de 2014

La Jornada: Teología de la Liberación y Pastoral Laboral

Teología de la Liberación y Pastoral Laboral
Miguel Concha
LA JORNADA
8 de diciembre de 2012


Como un nuevo modo de hacer teología en América Latina (AL), la Teología de la Liberación (TL) está íntimamente ligada al pueblo trabajador, a su fe cristiana y a sus luchas históricas. Por sobrevivir en precarias condiciones, las mayorías empobrecidas de nuestros países se fueron convirtiendo en el lugar social interpelante de iglesias y comunidades religiosas, exigiéndoles un compromiso y una opción. Fue así como este discurso y práctica eclesiales, porque reconocen a los empobrecidos como sujetos históricos, capaces de autodeterminación y protagonismo en la lucha por su propia liberación, nació parcial.

La II Conferencia General del Episcopado Católico Latinoamericano, reunida en Medellín, Colombia, en 1968, registra en forma inspirada la necesidad de la transformación social de AL y la fuerza de la presencia del Evangelio de Jesús en el tránsito de condiciones "menos humanas: las estructuras opresoras, que provienen del abuso del tener y del abuso del poder, de las explotaciones de los trabajadores o de la injusticia de las transacciones". "A más humanas: el remontarse de la miseria a la posesión de lo necesario, la victoria sobre las calamidades sociales, la ampliación de los conocimientos, la adquisición de la cultura" (Introducción, No. 6). Para ello invita pastoralmente a: "Alentar y favorecer todos los esfuerzos del pueblo por crear y desarrollar sus propias organizaciones de base, para la reivindicación y consolidación de sus derechos y por la búsqueda de una verdadera justicia" (Conclusiones sobre Paz, No. 27).

Desde entonces, a lo largo de los cinturones industriales y campos agrícolas se multiplicaron diversas iniciativas y experiencias de pastoral obrera, con el fin de responder a los desafíos de una fe en búsqueda de hacerse historia, por medio del binomio fe y justicia. Con gran riqueza humana y en medio del conflicto se experimentó también la encarnación de la vida y mensaje cristianos en un espacio cultural concreto, independientemente de empresarios, gobiernos y hasta de jerarquías religiosas, de tal manera que se permitió tener la vivencia con esperanza al Dios Liberador de la Biblia, que ante la opresión laboral escucha el clamor de su pueblo.

Muchos sectores de la Iglesia católica latinoamericana y de otras iglesias se convirtieron a ese llamado y se hicieron la Iglesia de los pobres, al advertir que "los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres, y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo." (Concilio Vaticano II, Constitución sobre la Iglesia en el Mundo de Hoy, 1965, No. 1). Igual ocurrió en México.

A lo largo de los recientes 40 años surgieron en diferentes estados de la República y diócesis del país experiencias civiles y pastorales para acompañar y animar la fe y la lucha del pueblo trabajador. Abrevando en la Teología de la Liberación, este discurso y práctica eclesiales se tradujeron en solidaridad con la lucha obrera y otras causas populares en un país guadalupano como el nuestro; en el fortalecimiento de la organización social de los marginados en la lucha por sus derechos humanos; en la búsqueda de una pastoral popular que dinamizara la fe de los trabajadores y trabajadoras, y en el compromiso social de los creyentes. La Pastoral Laboral (PL) es una de estas ricas expresiones.

Con el apoyo de la Comisión Episcopal de Pastoral Social, a principios de la década pasada se logró la articulación de algunas de estas experiencias civiles y eclesiales presentes en el país. La PL es una dimensión de la pastoral social de la Iglesia católica, integrada por trabajadoras y trabajadores de diferentes ramas de la industria o servicios públicos, agentes pastorales, religiosas, religiosos y sacerdotes pertenecientes a distintas regiones y ciudades del país. Desde la propia realidad, la PL procura promover las capacidades y habilidades de las y los trabajadores, y llevar, mediante la capacitación de defensores de derechos humanos laborales y promotores de la pastoral laboral en centros de trabajo, sindicatos, colonias, barrios o parroquias, de forma independiente a cualquier empresa, gobierno, sindicato u otra organización, ajena a los intereses de los propios trabajadores, buenas noticias al mundo del trabajo.
De la misma forma en que los mineros fueron en 1891 un interlocutor de la Encíclica Rerum Novarum, de León XIII ("A los que trabajan en sacar de lo profundo de la tierra las riquezas en ella escondidas, deberá compensarse con una duración de jornada más corta, porque su trabajo es más pesado y más dañoso a la salud", No. 34), lo han sido para la Pastoral Laboral los mineros del carbón y sus familias del norte de Coahuila, incluso antes del siniestro de Pasta de Conchos en 2006.

Desde entonces se ha generado en la región un proceso comunitario por la dignificación de las condiciones de vida y trabajo de los mineros del carbón y sus familias, conformado por trabajadores de las minas, tajos y pocitos, sobrevivientes y familiares de los siniestrados (sobre todo mujeres en ambientes machistas), agentes de pastoral y defensores de derechos humanos que, mediante recursos eficaces, han logrado dar a conocer nacional e internacionalmente las violaciones a los derechos humanos laborales, e iniciar un camino de defensa y de transformación, lo cual obviamente no ha sido bien recibido por los intereses de poder prestablecidos, lo que no hace sino confirmar la autenticidad de la misión al servicio de la fe y de la justicia.

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lunes, 23 de junio de 2014

Homilía del Papa Francisco sobre el trabajoEcclesia Digital

Homilía del Papa Francisco sobre el trabajo
2 mayo, 2013
"Quien trabaja es digno, tiene una dignidad especial, una dignidad de persona", el Papa Francisco en su homilía


En las sociedades actuales se ven más los balances de las empresas y el beneficio que la dignidad del trabajo. Es la reflexión que el Papa Francisco ofreció la mañana del 1 de mayo en el curso de la santa misa que celebró en la capilla de la Casa de Santa Marta. En el día en que la Iglesia celebraba a San José Obrero, el Pontífice precisó que el recuerdo de esta dimensión del padre adoptivo de Cristo nos remite a "Dios trabajador" y a "Jesús trabajador", que ha trabajado en el taller de San José, pero también "hasta la Cruz".

"Quien trabaja es digno, tiene una dignidad especial, una dignidad de persona": insistió el Papa, pensando en cuantos hoy, frecuentemente, no "tienen la posibilidad de trabajar, de estar unidos por la dignidad del trabajo". Por tanto, no se puede definir "justa", una sociedad en la que tantos no logran encontrar una ocupación y tantos están obligados a trabajar como esclavos.

En el pensamiento de Francisco encontró inmediatamente lugar la tragedia de Bangladesh, donde la semana pasada más de cuatrocientas personas perdieron la vida en el derrumbe de una fábrica: hombres y mujeres que percibían 38 euros por un mes de trabajo.

"Las personas son menos importantes que las cosas que producen ganancia a los que tienen el poder político, social, económico. ¿A qué punto hemos llegado? Al punto de que no somos conscientes de esta dignidad de la persona; esta dignidad del trabajo. Pero hoy la figura de San José, de Jesús, de Dios que trabajan – es éste nuestro modelo – nos enseñan el camino para ir hacia la dignidad". Al celebrar por la mañana del miércoles 1° de mayo la santa misa en la capilla de la Casa de Santa el Papa recordó en su homilía, en el día en que se celebraba la memoria de San José Obrero y la fiesta de los trabajadores, que la sociedad no es justa si no ofrece a todos un trabajo o explota a los trabajadores.

Asistieron a esta celebración algunos menores y muchachas madres, huéspedes del Centro de solidaridad "El Puente", nacido en la ciudad italiana de Civitavecchia en 1979, acompañados por el presidente de la Asociación, el Padre Egidio Smacchia.

El Papa comenzó recordando que en la liturgia del día el Evangelio se refiere a Jesús como al "hijo del carpintero". José era un trabajador y Jesús aprendió a trabajar con él. De hecho, en la primera lectura se lee que Dios trabaja para crear el mundo, y este "icono de Dios trabajador", afirmó el Obispo de Roma, nos dice que el trabajo es algo más que ganarse el pan""¡El trabajo nos da la dignidad! Quien trabaja es digno, tiene una dignidad especial, una dignidad de persona: el hombre y la mujer que trabajan son dignos. En cambio, los que no trabajan no tienen esta dignidad. Pero tantos son aquellos que quieren trabajar y no pueden. Esto es un peso para nuestra conciencia, porque cuando la sociedad está organizada de tal modo, que no todos tienen la posibilidad de trabajar, de estar unidos por la dignidad del trabajo, esa sociedad no va bien: ¡no es justa! Va contra el mismo Dios, que ha querido que nuestra dignidad comience desde aquí".

"La dignidad – prosiguió diciendo el Papa – no nos la da el poder, el dinero, la cultura, ¡no! ¡La dignidad nos la da el trabajo!". Y un trabajo digno, porque hoy "tantos sistemas sociales, políticos y económicos han hecho una elección que significa explotar a la persona": "No pagar lo justo, no dar trabajo, porque sólo se ven los balances, los balances de la empresa; sólo se ve cuánto puedo provecho puedo sacar. ¡Esto va contra Dios! Cuántas veces – tantas veces – hemos leído en 'L'Osservatore Romano'… Un título que me ha llamado tanto la atención el día de la tragedia en Bangladesh, 'Vivir con 38 euros al mes': era el sueldo de estas personas que murieron… ¡Y esto se llama 'trabajo de esclavo!'. Y hoy en el mundo está esta esclavitud que se hace con lo más bello que Dios ha dado al hombre: la capacidad de crear, de trabajar, de hacer su propia dignidad. Cuántos hermanos y hermanas en el mundo están en esta situación por culpa de actitudes económicas, sociales, políticas, etc.…".

Asimismo en su homilía el Papa citó a un rabino del Medio Evo que relataba a su comunidad judía la vicisitud de la Torre de Babel: entonces los ladrillos eran sumamente preciosos: "Cuando un ladrillo, por error, caía, era un problema tremendo, un escándalo: '¡Pero mira lo que hiciste!'. Pero si uno de aquellos que construían la torre caía: 'Requiescat in pace!' y o dejaban tranquilo… Era más importante el ladrillo que la persona. Esto contaba aquel rabino medieval ¡y esto sucede ahora! Las personas son menos importantes que las cosas que producen beneficio a los que tienen el poder político, social, económico. ¿A este punto hemos llegado? Al punto de que no somos conscientes de esta dignidad de la persona; esta dignidad del trabajo. Pero hoy la figura de San José, de Jesús, de Dios que trabajan – es este nuestro modelo – nos enseñan el camino para ir hacia la dignidad".

Hoy – observó el Papa Francisco – no podemos decir más lo que decía San Pablo: "Quien no quiere trabajar, que no coma", sino que debemos decir: "Quien no trabaja, ¡ha perdido la dignidad!", porque "no encuentra la posibilidad de trabajar". Es más: "¡La sociedad ha despojado a esta persona de su dignidad!". Hoy – añadió el Pontífice – nos hace bien volver a escuchar "la voz de Dios, cuando se dirigía a Caín diciéndole: "Caín, ¿dónde está tu hermano?". Hoy, en cambio, oímos esta voz: "¿Dónde está tu hermano que no tiene trabajo? ¿Dónde está tu hermano que está bajo un trabajo de esclavo?". El Papa concluyó invitando: "Oremos, oremos por todos estos hermanos y hermanas que están en esta situación. Así sea".
(María Fernanda Bernasconi – Radio Vaticana).



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viernes, 20 de junio de 2014

HOAC - CORPUS CHRISTI (22 de Junio de 2014)

CORPUS CHRISTI (22 de junio de 2014)
HOAC - 17 JUNIO 2014 | POR OLGA

El Trascendente, escandalizando a los ‘religiosos’, se ha hecho en Jesús el Inmanente, alcanzable en la «carne», en la debilidad humana, en los ‘despojos humanos’, los ‘don nadie’ y los ‘sin nada’... (cf Mt 25,31ss).

VER

El número de ciudadanos del Estado español que puede estar en riesgo de pobreza energética ha aumentado en dos millones en solo dos años, lo que supone una cantidad de unos ¡siete millones de personas! ¿Es la nuestra una sociedad civilizada (sic!)?

El riesgo de pobreza energética se traduce en familias que pasan frío en invierno y calor en verano, viviendas con moho y humedad, cortes de suministro por impago (1,4 millones en 2012, más del doble que en 2006), menos dinero para satisfacer otras necesidades básicas y, lo más grave, muertes prematuras en invierno. Hasta 7.200 fallecimientos podrían evitarse si se erradicara el problema, según el sistema de medición de la Organización Mundial de la Salud.
La culpa de este aumento la tienen sobre todo dos fenómenos paralelos: mientras los ingresos de los españoles se reducen por la crisis, el precio de la energía se dispara…

(Sigamos en nuestro orar poniendo aquellos rostros por nosotros conocidos personalmente de la crisis)

"La gente más vulnerable es la que está pagando las consecuencias de la crisis". ¿Por qué lo permitimos? ¿Qué estoy haciendo? ¿Qué voy a hacer?
¿Dónde está tu hermano parado? ¿Dónde está ese emigrante que tiene que trabajar a escondidas porque no ha sido formalizado? ¿Dónde está tu hermano esclavo? ¿Dónde está ese que estás matando cada día en el taller clandestino, en la red de prostitución, en los niños que utilizas para la mendicidad…? No nos hagamos los distraídos. Hay mucho de complicidad. ¡La pregunta es para todos! En nuestras ciudades está instalado este crimen mafioso y aberrante, y muchos tienen las manos preñadas de sangre debido a la complicidad cómoda y muda (cf. La Alegría del Evangelio nº 211).

“Toda violación de la dignidad personal del ser humano grita venganza delante de Dios y se configura como ofensa al Creador del hombre” (ídem nº 213).

DESAHOGOS BÍBLICOS

¡Haznos justicia, oh Dios, defiende nuestra causa
contra los idólatras banqueros criminales;
sálvanos de sus fanáticos economistas!
Pues no eres Tú un Dios amigo de banqueros,
esos que vomitan discursos nauseabundos,
−sólo se sinceran con micrófonos cerrados−
y compran la mudez de tus ministros.
Sus radios rencorosas nos aturden,
de mentiras envuelven nuestros ojos
con hojas relucientes de periódicos comprados
como viles rameras mercantiles.
¡Confúndelos, Señor; haznos justicia, oh Dios!
Que sus mentiras no corrompan a los pobres,
ni sus campañas millonarias al obrero
pendiente de un salario que decrece...
Nuestros comunicados critican los banqueros
como soplo de “Abeles” ignorantes, dicen
esos caínes sempiternos.
Risas nos dan sus amenazas,
sus arrogantes insultos…
¡Hipócritas ladrones de derechos,
banqueros „asesinos‟, desgraciados,
que hundís a los pobres y sus hijos
por salvar las “acciones criminales”!
Sabed que han arrancado vuestro tiempo de la vida,
pues no valéis ni el polvo que pisamos.
[NB: Hemos sustituido el “malvado” de los salmos por el “banquero”]

EVANGELIO (Jn 6,51-58)

51 Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo». 52 Disputaban los judíos entre sí: «¿Cómo puede este darnos a comer su carne?». 53 Entonces Jesús les dijo: «En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. 54 El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. 55 Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. 56 El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. 57 Como el Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre, así, del mismo modo, el que me come vivirá por mí. 58 Este es el pan que ha bajado del cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron; el que come este pan vivirá para siempre».

Si Jesús es un hombre, ¿cómo puede ser Dios? La pretensión divina de Jesús, hombre de carne y hueso, es inadmisible. Siendo hombre está usurpando el puesto a Dios (cf. 5,18; 10,33). ¡La piedra de escándalo, por tanto, es la humanidad de Jesús! Manera común de pensar: Dios y el hombre están separados por un abismo infranqueable. Por grande que sea su amor no puede llegar hasta el extremo del Don (Dios en persona) que pretende significar Jesús. Contra esta manera de pensar es necesaria, una tarea de desescombro teológico: „matar a Dios‟ –es decir, nuestras ideas idolátricas sobre Dios– para que sea posible el nacimiento del Dios verdadero que nos revela Jesús: Amor carnal hecho persona.

El problema, como siempre, está en que la divinidad de Jesús es demasiado humana (opción por los pobres), y su humanidad demasiado divina (amar hasta el colmo).

Para acercarse a Jesús la persona precisa de una aceptación previa, es decir, ha de aceptar que Dios es Padre y está a favor del hombre/mujer. Más en concreto: si uno mismo no está “a favor del Hombre”, si no se interesa por la suerte de sus hermanos, entonces la actividad de Jesús a favor de los oprimidos no le interpela, siendo así que esa actividad es el único criterio para entender quién es Jesús, su misión divina y la presencia del Padre en él (cf. Jn 5,36; 10,38).

Y el designio de Dios ya sabemos cuál es: que «el que cree tiene (desde ahora) vida definitiva». El Padre está ofreciendo ahora el nuevo pan, que es Jesús. Sólo quien lo come (se asimila a Jesús por una fe como la suya) alcanzará la meta (no morirá).

«El pan que yo voy a dar es mi carne». A través de ella, el don de Dios se hace concreto, histórico, adquiere realidad para el hombre. La “carne” de Jesús (que se prolonga en la carne de los pobres), lugar donde Dios se hace presente (1,14), es el Don del amor del Padre al mundo (3,16). Es una presencia que busca un encuentro (de cuerpos): en la carne ha querido Dios entrar en un diálogo de comunión con los hombres/mujeres: «Y la Palabra (que al principio se dirigía a Dios) se hizo carne». Mientras Dios pone todo su interés en acercarse al hombre y establecer comunión con él, éste tiende continuamente a alejarlo de su mundo, situándolo en una esfera sagrada, cerrada y trascendente. Pero es en el hombre y en el tiempo donde se encuentra a Dios, donde se le ve y se le acepta o rechaza. No existen dones divinos que no tengan expresión en «la carne». El Trascendente, escandalizando a los ‘religiosos’, se ha hecho en Jesús el Inmanente, alcanzable en la «carne», en la debilidad humana, en los ‘despojos humanos’, los ‘don nadie’ y los ‘sin nada’... (cf Mt 25,31ss).

«Si no coméis mi carne y no bebéis mi sangre no tenéis vida en vosotros». Cuando su carne y su sangre sean separadas por la violencia del odio, quedará patente la vida que hay en él, el Espíritu, que como agua de vida, brotará de su cuerpo entregado (cf 19,34). Su carne y sangre entregada por amor va a comunicar, al que los coma y beba, su mismo Espíritu. «Comer su carne» es asimilarse a él por una vida como la suya; «beber su sangre» es llegar hasta el final en la entrega por el bien del hombre.

Por parte de Jesús, la eucaristía, memorial de su muerte y vida, es don que comunica realmente su amor y su vida (el Espíritu). Por parte del discípulo es la aceptación del don; de éste nace una experiencia de vida-amor que se convierte en norma de conducta; al aceptarlo, renueva su compromiso con Jesús y, en él, con el hombre. Jesús, alimento de su comunidad, produce en ella el amor, la entrega y la alegría festiva. El don recibido lleva al don de sí: es el amor que responde al amor (1,16).

La persona eucarística (“el que come mi carne y bebe mi sangre”) que se asimila a Jesús por un don como el suyo, puede decir: «Con el Mesías quedé crucificado, y ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí, y mi vivir humano de ahora es un vivir de la fe en el Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí» (Gal 2,19-20). En el 6,57 leemos la tremenda afirmación de que Jesús otorga al hombre eucarístico, a la mujer eucarística, su misma vida divina: «vivirá por mí» (de mí y conmigo, llevando adelante mi causa y gozándose con ella en Mí).

Jesús ha expuesto la condición para crear la sociedad que Dios quiere para el hombre/mujer, la única que le permitirá una vida plenamente humana y cumplir el proyecto de Dios sobre la creación: un amor sin reservas... Es este amor el que celebramos cada eucaristía y del que nos nutrimos... hasta llegar, como él y por su Espíritu, al don de la vida encarnada...

ALEGORÍA JUDÍA

Cuenta una alegoría judía que una vez un hombre muy rico fue a pedirle un consejo a un rabino. El rabino lo acercó a la ventana, le hizo mirar y le preguntó: –¿qué ves? El hombre le respondió: – "veo gente". El rabino lo llevó ante un espejo y le dijo: –"qué ves ahora"? El rico le respondió: –"Ahora me veo yo". El rabino le contestó: lo mismo en la ventana que en el espejo hay vidrio. Pero el vidrio del espejo tiene un poco de plata. Y cuando hay plata uno deja de ver a la gente y comienza a verse solo a sí mismo. ¡Bienaventurados los pobres… Bienaventurados los limpios de corazón (un corazón de carne y no de plata), porque ellos verán a Dios! USURA «Es falso afirmar que el sistema económico de los países llamados “occidentales” se fundamenta sobre el derecho de propiedad privada. De ninguna manera. El liberalismo económico se basa en el arrendamiento de cualquier clase de bienes, que es exactamente la negación del derecho de propiedad individual… El “sistema” se fundamenta en acaparar bienes de todas clases más allá de las propias necesidades para arrendarlos a los que carecen de ellos. El contrato de arrendamiento hace posible la sed insaciable de bienes, y permite que estos aumenten sin medida y casi sin esfuerzo por parte de los beneficiarios. Cuando se ha llegado a un cierto nivel, el aumento vertiginoso aparece casi como la exigencia de una ley física. La Banca, esa diosa prepotente cuyos templos magníficos y esplendentes ocupan lugares de honor en nuestras ciudades, asienta todo su poder en el arrendamiento del dinero pagando un canon mezquino a los que depositan en ella sus fondos, que se utilizan en operaciones de la máxima rentabilidad. Unos pocos lucrándose con el dinero de unos muchos» (CF. 50 Aniversario de la muerte de Rovirosa. Vigilia (2014), 41). ¿No es hora de acabar con el “fenerismo” (el cobro de intereses) arrancando de raíz la ley de arrendamiento? Crear dinero de la deuda es el negocio, bien lo sabemos, de los bancos, esos diosecillos de los ricos.

Menos que un grano de mostaza,
apenas “dos moneditas” en depósito precisan
para crear dinero de la nada,
−tal es el poder que nos robaron−,
y que destinarán, con el placet del gobierno,
al usurero robo de los pobres,
al “mamónico” juego
de especular con el miedo.
Con las cosas de comer, esos “mammones (sic!)”
se jugarán la subida de los precios,
el alimento que el pobre necesita,
y las pensiones del viejo.
Provocarán hambrunas, si es preciso,
con sus sonrisas idiotas y sus chaquetas de negro…
«Algún día, −me dicen−, ser “banquero”
malo será considerado un delito económico
de lesa humanidad. ¡¡¡Ja, ja, ja!!!»
Sabedlo, compañeros.

lunes, 16 de junio de 2014

HOAC | Convertir en normal lo que es inmoral | Hermandad Obrera de Acción Católica |

Convertir en normal lo que es inmoral
02 junio 2014 | Por
Editoriales
El pasado 13 de mayo, en Soma (Turquía), se produjo un incendio en una mina de carbón que ha causado la muerte de 300 mineros. Turquía tiene uno de los peores historiales del mundo en «accidentes» en las minas, porque las medidas de seguridad son muy deficientes. En la mina de la empresa Soma Holding, el primer productor de carbón subterráneo de Turquía, no existían las medidas básicas y exigibles de seguridad, por eso se ha producido el desastre. Con razón han dicho los sindicatos que «esto no es ni un accidente ni el destino, es una masacre», y que «el gobierno turco y los empleadores son los responsables de esta carnicería; cuando los gobiernos no protegen a sus ciudadanos están violando uno de los deberes más fundamentales de todo gobierno».

Pues bien, ante esta realidad, además de reprimir a los que protestaban en la calle por lo ocurrido, el primer ministro turco Erdogan, ha dicho que «estos accidentes ocurren», como si fuera algo normal. Pero no es normal, es una enorme inmoralidad. Con demasiada frecuencia se presenta lo inmoral como normal. Las debidas medidas de seguridad en el trabajo no existen para muchos trabajadores y trabajadoras del mundo porque tienen costes económicos, y se elige la mayor rentabilidad antes que la protección de la vida de las personas, se pone en peligro la vida para ganar más. Esa es la cruda realidad que siempre se quiere eludir cuando se producen desastres como este.

Aunque, desde luego, tiene una entidad distinta, la misma normalización de la inmoralidad es la que se pone de manifiesto en declaraciones que se hacen cada vez con más frecuencia en nuestro país. Declaraciones que hablan de trabajadores «que no saben hacer nada y a los que hay que pagarles el salario mínimo» o de trabajadores «exquisitos que no se adaptan a lo que les ofrece el mercado». Declaraciones que ofenden gravemente a los trabajadores y trabajadoras, pero que, además, hablan de la precariedad laboral, del empleo en condiciones indecentes, como si fuera lo más normal del mundo, como si los trabajadores no tuvieran sino que adaptarse a lo que les exige el mercado. Como si el mercado y la economía no tuvieran que adaptarse a las necesidades de las personas. La precariedad extrema del empleo no es normal (aunque cada vez esté más extendida), es inmoral. Hablar de la sociedad y del trabajo como si fueran un mercado y una mercancía no es normal (por más que sea una mentalidad muy extendida), es inmoral. ¿A qué hemos reducido al ser humano?

La raíz de esta inmoralidad que se presenta como normalidad es la idolatría del dinero que denuncia con contundencia el Papa Francisco, porque significa «una profunda crisis antropológica», una profunda crisis de lo humano, «¡la negación de la primacía del ser humano! (…) La adoración del antiguo becerro de oro ha encontrado una versión nueva y despiadada en el fetichismo del dinero y en la dictadura de la economía sin un rostro y sin un objetivo verdaderamente humano» («La alegría del Evangelio», 55). Y esto ocurre porque se niegan en la práctica dos principios básicos de humanidad: que en la economía la persona tiene que ser siempre sujeto, centro y fin, nunca instrumento; y que el trabajo humano es superior a todos los demás elementos de la economía, porque solo el trabajo es siempre una persona que trabaja y todo lo demás son instrumentos, cosas (Concilio Vaticano II, «Gaudium et spes», nn. 63 y 67). Si no organizamos la vida social y no actuamos según el orden de valores que hace justicia a la dignidad de las personas, seguiremos convirtiendo lo inmoral en lo normal y cada vez estaremos más lejos de la verdad sobre nuestra humanidad. Y ese alejarnos de nuestra humanidad provoca desastres.

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miércoles, 8 de enero de 2014

HOAC | La alegría del Evangelio de la fraternidad y la justicia | Enero 2014

La alegría del Evangelio de la fraternidad y la justicia
02 enero 2014 | Por


Lo central y sustancial está en Jesucristo, es Jesucristo, y, en Él, está en la sagrada dignidad de toda persona y en la sagrada dignidad de la vida de los pobres que reclama justicia. Lo decisivo es mirar, como Jesucristo, nuestras vidas, nuestro mundo y nuestra Iglesia, desde la misericordia, desde el amor concreto a las personas concretas. La misericordia es la gran fuerza transformadora de nuestras vidas y de nuestro mundo: «Amamos este magnífico planeta donde Dios nos ha puesto, y amamos a la humanidad que lo habita, con todos sus dramas y cansancios, con sus anhelos y esperanzas, con sus valores y fragilidades. La tierra es nuestra casa común y todos somos hermanos» (n. 183).
La exhortación apostólica «Evangelii gaudium» (La alegría del Evangelio) del Papa Francisco es una propuesta de vida impresionante. Una invitación a que repensemos nuestra vida, personal, social, eclesial, para crecer en fidelidad a la Buena Noticia de Jesucristo, porque en ella está el camino de nuestra realización humana, de nuestra felicidad personal y social. El Papa Francisco nos invita a fijarnos en lo más importante, en lo que es central y sustancial para nuestras vidas. De la gran riqueza de la exhortación queremos subrayar algo de lo que nos parece más sustancial.
Por eso, la «transformación misionera de la Iglesia» pasa por salir de sí misma, por volcarse desde la misericordia en afirmar prácticamente la sagrada dignidad de la persona, por unir nuestra vida a la vida cotidiana de las personas, en particular de los pobres: «Prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades (…) Más que el temor a equivocarnos, espero que nos mueva el temor a encerrarnos en las estructuras que nos dan una falsa contención, en las normas que nos vuelven jueces implacables, en las costumbres donde nos sentimos tranquilos, mientras afuera hay una multitud hambrienta y Jesús nos repite sin cansarse. "¡Dadles vosotros de comer!" (Mc 6, 37)» (n. 49).
Nuestro mundo y nuestras vidas serían otras si realmente acogiéramos la lógica de Dios, si nos reconociéramos realmente como hijos y hermanos: «la vida social sería ámbito de fraternidad, de justicia, de paz, de dignidad para todos» (n. 180). De ello quiere ser servidora la Iglesia. Existen hoy, dice el Papa Francisco, dos cuestiones fundamentales que determinan el futuro de la humanidad: la inclusión social de los pobres, en una economía y un sistema social que genera exclusión y descarta personas desde su idolatría del dinero, y la paz (fruto de la justicia) y el diálogo social que aprecia la diversidad para construir juntos un mundo mejor y más humano.
El cambio que necesita nuestro mundo pasa por situar en el centro la lucha por la justicia debida a los empobrecidos. Por eso, el Papa Francisco invita a tomarnos completamente en serio que «cada cristiano y cada comunidad están llamados a ser instrumentos de Dios para la liberación y la promoción de los pobres, de manera que puedan integrarse plenamente en la sociedad» (n. 187). Escuchar el clamor de los pobres es afrontar las causas estructurales de la injusta pobreza, transformar esa situación, y ayudarles en sus necesidades concretas, uniendo el cambio estructural y el personal, porque «el imperativo de escuchar el clamor de los pobres se hace carne en nosotros cuando se nos estremecen las entrañas ante el dolor ajeno» (n. 193). Por eso es tan importante generar una nueva mentalidad política y económica, «crear una nueva mentalidad que piense en términos de comunidad, de prioridad de la vida de todos sobre la apropiación de los bienes por parte de algunos» (n. 188).
Dios otorga a los pobres «su primera misericordia». «Por eso –dice Francisco– quiero una Iglesia pobre para los pobres (…) La nueva evangelización es una invitación a reconocer la fuerza salvífica de sus vidas y a ponerlos en el centro del camino de la Iglesia» (n. 198). Porque «no deben quedar dudas ni caben explicaciones que debiliten este mensaje tan claro. Hoy y siempre, los pobres son los destinatarios privilegiados del Evangelio (…) Hay que decir sin vueltas que existe un vínculo inseparable entre nuestra fe y los pobres» (n. 48).
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