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lunes, 16 de junio de 2014

HOAC | Convertir en normal lo que es inmoral | Hermandad Obrera de Acción Católica |

Convertir en normal lo que es inmoral
02 junio 2014 | Por
Editoriales
El pasado 13 de mayo, en Soma (Turquía), se produjo un incendio en una mina de carbón que ha causado la muerte de 300 mineros. Turquía tiene uno de los peores historiales del mundo en «accidentes» en las minas, porque las medidas de seguridad son muy deficientes. En la mina de la empresa Soma Holding, el primer productor de carbón subterráneo de Turquía, no existían las medidas básicas y exigibles de seguridad, por eso se ha producido el desastre. Con razón han dicho los sindicatos que «esto no es ni un accidente ni el destino, es una masacre», y que «el gobierno turco y los empleadores son los responsables de esta carnicería; cuando los gobiernos no protegen a sus ciudadanos están violando uno de los deberes más fundamentales de todo gobierno».

Pues bien, ante esta realidad, además de reprimir a los que protestaban en la calle por lo ocurrido, el primer ministro turco Erdogan, ha dicho que «estos accidentes ocurren», como si fuera algo normal. Pero no es normal, es una enorme inmoralidad. Con demasiada frecuencia se presenta lo inmoral como normal. Las debidas medidas de seguridad en el trabajo no existen para muchos trabajadores y trabajadoras del mundo porque tienen costes económicos, y se elige la mayor rentabilidad antes que la protección de la vida de las personas, se pone en peligro la vida para ganar más. Esa es la cruda realidad que siempre se quiere eludir cuando se producen desastres como este.

Aunque, desde luego, tiene una entidad distinta, la misma normalización de la inmoralidad es la que se pone de manifiesto en declaraciones que se hacen cada vez con más frecuencia en nuestro país. Declaraciones que hablan de trabajadores «que no saben hacer nada y a los que hay que pagarles el salario mínimo» o de trabajadores «exquisitos que no se adaptan a lo que les ofrece el mercado». Declaraciones que ofenden gravemente a los trabajadores y trabajadoras, pero que, además, hablan de la precariedad laboral, del empleo en condiciones indecentes, como si fuera lo más normal del mundo, como si los trabajadores no tuvieran sino que adaptarse a lo que les exige el mercado. Como si el mercado y la economía no tuvieran que adaptarse a las necesidades de las personas. La precariedad extrema del empleo no es normal (aunque cada vez esté más extendida), es inmoral. Hablar de la sociedad y del trabajo como si fueran un mercado y una mercancía no es normal (por más que sea una mentalidad muy extendida), es inmoral. ¿A qué hemos reducido al ser humano?

La raíz de esta inmoralidad que se presenta como normalidad es la idolatría del dinero que denuncia con contundencia el Papa Francisco, porque significa «una profunda crisis antropológica», una profunda crisis de lo humano, «¡la negación de la primacía del ser humano! (…) La adoración del antiguo becerro de oro ha encontrado una versión nueva y despiadada en el fetichismo del dinero y en la dictadura de la economía sin un rostro y sin un objetivo verdaderamente humano» («La alegría del Evangelio», 55). Y esto ocurre porque se niegan en la práctica dos principios básicos de humanidad: que en la economía la persona tiene que ser siempre sujeto, centro y fin, nunca instrumento; y que el trabajo humano es superior a todos los demás elementos de la economía, porque solo el trabajo es siempre una persona que trabaja y todo lo demás son instrumentos, cosas (Concilio Vaticano II, «Gaudium et spes», nn. 63 y 67). Si no organizamos la vida social y no actuamos según el orden de valores que hace justicia a la dignidad de las personas, seguiremos convirtiendo lo inmoral en lo normal y cada vez estaremos más lejos de la verdad sobre nuestra humanidad. Y ese alejarnos de nuestra humanidad provoca desastres.

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miércoles, 8 de enero de 2014

HOAC | La alegría del Evangelio de la fraternidad y la justicia | Enero 2014

La alegría del Evangelio de la fraternidad y la justicia
02 enero 2014 | Por


Lo central y sustancial está en Jesucristo, es Jesucristo, y, en Él, está en la sagrada dignidad de toda persona y en la sagrada dignidad de la vida de los pobres que reclama justicia. Lo decisivo es mirar, como Jesucristo, nuestras vidas, nuestro mundo y nuestra Iglesia, desde la misericordia, desde el amor concreto a las personas concretas. La misericordia es la gran fuerza transformadora de nuestras vidas y de nuestro mundo: «Amamos este magnífico planeta donde Dios nos ha puesto, y amamos a la humanidad que lo habita, con todos sus dramas y cansancios, con sus anhelos y esperanzas, con sus valores y fragilidades. La tierra es nuestra casa común y todos somos hermanos» (n. 183).
La exhortación apostólica «Evangelii gaudium» (La alegría del Evangelio) del Papa Francisco es una propuesta de vida impresionante. Una invitación a que repensemos nuestra vida, personal, social, eclesial, para crecer en fidelidad a la Buena Noticia de Jesucristo, porque en ella está el camino de nuestra realización humana, de nuestra felicidad personal y social. El Papa Francisco nos invita a fijarnos en lo más importante, en lo que es central y sustancial para nuestras vidas. De la gran riqueza de la exhortación queremos subrayar algo de lo que nos parece más sustancial.
Por eso, la «transformación misionera de la Iglesia» pasa por salir de sí misma, por volcarse desde la misericordia en afirmar prácticamente la sagrada dignidad de la persona, por unir nuestra vida a la vida cotidiana de las personas, en particular de los pobres: «Prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades (…) Más que el temor a equivocarnos, espero que nos mueva el temor a encerrarnos en las estructuras que nos dan una falsa contención, en las normas que nos vuelven jueces implacables, en las costumbres donde nos sentimos tranquilos, mientras afuera hay una multitud hambrienta y Jesús nos repite sin cansarse. "¡Dadles vosotros de comer!" (Mc 6, 37)» (n. 49).
Nuestro mundo y nuestras vidas serían otras si realmente acogiéramos la lógica de Dios, si nos reconociéramos realmente como hijos y hermanos: «la vida social sería ámbito de fraternidad, de justicia, de paz, de dignidad para todos» (n. 180). De ello quiere ser servidora la Iglesia. Existen hoy, dice el Papa Francisco, dos cuestiones fundamentales que determinan el futuro de la humanidad: la inclusión social de los pobres, en una economía y un sistema social que genera exclusión y descarta personas desde su idolatría del dinero, y la paz (fruto de la justicia) y el diálogo social que aprecia la diversidad para construir juntos un mundo mejor y más humano.
El cambio que necesita nuestro mundo pasa por situar en el centro la lucha por la justicia debida a los empobrecidos. Por eso, el Papa Francisco invita a tomarnos completamente en serio que «cada cristiano y cada comunidad están llamados a ser instrumentos de Dios para la liberación y la promoción de los pobres, de manera que puedan integrarse plenamente en la sociedad» (n. 187). Escuchar el clamor de los pobres es afrontar las causas estructurales de la injusta pobreza, transformar esa situación, y ayudarles en sus necesidades concretas, uniendo el cambio estructural y el personal, porque «el imperativo de escuchar el clamor de los pobres se hace carne en nosotros cuando se nos estremecen las entrañas ante el dolor ajeno» (n. 193). Por eso es tan importante generar una nueva mentalidad política y económica, «crear una nueva mentalidad que piense en términos de comunidad, de prioridad de la vida de todos sobre la apropiación de los bienes por parte de algunos» (n. 188).
Dios otorga a los pobres «su primera misericordia». «Por eso –dice Francisco– quiero una Iglesia pobre para los pobres (…) La nueva evangelización es una invitación a reconocer la fuerza salvífica de sus vidas y a ponerlos en el centro del camino de la Iglesia» (n. 198). Porque «no deben quedar dudas ni caben explicaciones que debiliten este mensaje tan claro. Hoy y siempre, los pobres son los destinatarios privilegiados del Evangelio (…) Hay que decir sin vueltas que existe un vínculo inseparable entre nuestra fe y los pobres» (n. 48).
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